26 de mayo de 2026

Comunicar es crear cultura. Una lectura de Magnifica Humanitas desde el diseño, la comunicación y la responsabilidad cultural

La encíclica Magnifica Humanitas presentada por el Papa León XIV tiene un interés en la pregunta por el tipo de humanidad que estamos configurando cuando comunicamos, diseñamos, programamos, educamos y habitamos entornos digitales. La cuestión técnica aparece, como una cuestión cultural. No se trata únicamente de preguntar qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué tipo de mirada sobre la persona, la verdad y la convivencia queda inscrita en los sistemas que producimos.

Desde esta perspectiva, una frase de la encíclica permite ordenar el problema: “la comunicación no es sólo transmisión de informaciones, sino creación de una cultura” (León XIV, 2026, n. 135). Esta afirmación permite entender que comunicar no es simplemente emitir contenidos ni distribuir mensajes. Comunicar es intervenir en la formación de un imaginario. Cada pieza gráfica, cada publicación institucional, cada interfaz, cada titular, cada imagen generada o compartida, participa en la construcción de una forma de ver el mundo.

Esta idea es significativa para quienes trabajamos en el campo de la comunicación y el diseño. Una marca, por ejemplo, no solo identifica, también también jerarquiza valores. Una imagen no solo ilustra, también propone una lectura. Una campaña pública no solo informa, sino que también delimita qué merece atención, qué queda fuera del encuadre y qué tipo de sujeto es convocado como destinatario. La comunicación produce cultura porque organiza sentido.

Los contenidos que circulan en los entornos digitales influyen en la percepción del mundo, advierte León XIV (2026), ya que introducen imágenes y relatos en la conciencia colectiva y orientan deseos y decisiones cotidianas (n. 135). La tesis no es nueva para las ciencias sociales, pero adquiere una intensidad distinta en el ecosistema digital. El problema no está solo en el contenido, sino en la arquitectura que decide qué se vuelve visible, qué se repite, qué se vuelve tendencia y qué desaparece sin dejar rastro. La cultura digital no se produce únicamente por lo que decimos, sino también por las condiciones técnicas que hacen circular unas palabras, unas imágenes y unos relatos más que otros.

En este punto, el diseño deja de ser una cuestión ornamental. Diseñar es ordenar posibilidades de experiencia. Un botón destacado, una notificación insistente, una métrica pública de aprobación, un filtro de belleza, una plantilla viral o una recomendación algorítmica no son elementos neutros. Funcionan como pequeñas pedagogías de la mirada. Enseñan qué importa, qué se premia, qué se oculta y qué se considera deseable. Por eso, cuando la encíclica afirma que quienes controlan plataformas y medios tienen capacidad para influir en el imaginario colectivo, está señalando una condición cotidiana de la comunicación contemporánea (León XIV, 2026, n. 136). Un ejemplo sencillo puede mostrarlo. Una institución educativa que comunica sus actividades solo mediante imágenes de éxito, sonrisas, escenarios prolijos y frases motivacionales puede construir una identidad visual atractiva, pero también puede ocultar la dimensión real del proceso educativo al no mostrar el esfuerzo, la dificultad, la lectura, la corrección, el tiempo lento de la formación. En cambio, una comunicación que muestre también el trabajo, la pregunta, el error y la búsqueda puede producir una cultura institucional más honesta. No se trata de hacer menos bello el mensaje, sino de hacerlo más verdadero.

La verdad aparece en Magnifica Humanitas como un bien público. Siguiendo con lo publicado por el Santo Padre, quien sostiene que “la verdad es un bien común y no una propiedad de quienes tienen poder o visibilidad” (León XIV, 2026 n. 137). A partir de aquí el Sumo Pontífice evita dos extremos. Uno la ingenuidad de pensar que la verdad se impone sola y en segundo lugar que el cinismo de suponer que todo es relato. La verdad necesita prácticas como la verificación, contraste de fuentes, responsabilidad argumentativa, transparencia y disposición a corregir. En comunicación, esto supone abandonar la idea de que basta con impactar. No todo mensaje eficaz es éticamente aceptable. No toda imagen persuasiva sirve al bien común.

La inteligencia artificial agudiza este problema porque permite producir textos, imágenes, audios y videos con una rapidez inédita. Esa facilidad puede ser útil, pero también debilitar el juicio. La encíclica advierte que la velocidad con la que se obtienen respuestas puede acostumbrarnos a delegar demasiado y a buscar soluciones rápidas, debilitando la creatividad y el discernimiento personal. El problema que se detecta es renunciar al trabajo interior que permite decidir qué hacer con ellas.

Para este punto, quiero introducir una categoría de la antropología, es el extrañamiento. Ribeiro (1989) entiende el extrañamiento como una operación que permite tomar distancia de lo cotidiano para ver como problemático aquello que parecía natural. El antropólogo, al no participar plenamente de la conciencia práctica de los actores que estudia, puede percibir los supuestos que ordenan una vida social determinada. Dicho de otro modo, puede ver como extraño lo que otros viven como obvio.

Y pensar esta categoría es útil para pensar la cultura digital. Hemos naturalizado prácticas que merecen ser interrogadas. Un ejemplo claro es revisar el teléfono al despertar, aceptar términos de uso que no leemos, medir la relevancia de una idea por su rendimiento, elegir una fotografía en función de su potencial de aprobación, pedir a una máquina que escriba un mensaje afectivo, delegar una decisión estética en una plantilla o permitir que una plataforma administre nuestra atención. El extrañamiento permite detenerse ante esas prácticas y preguntar: ¿qué idea de persona se está formando aquí?, ¿qué tipo de vínculo se promueve?, ¿qué queda reducido a dato, perfil o rendimiento?

El sentido común opera en dirección contraria. Oteli y Bonaparte (2001) explican que el sentido común reúne saberes prácticos compartidos que permiten actuar en la vida cotidiana, pero que también pueden imponer evidencias no examinadas. Lo que parece natural muchas veces es aprendido. Lo obvio suele ser una construcción cultural sedimentada. En el mundo digital, el sentido común adopta fórmulas conocidas: “hay que estar”, “hay que publicar”, “hay que producir contenido”, “hay que responder rápido”, “hay que seguir la tendencia”. El problema no es que esas frases sean siempre falsas, sino que se vuelvan mandatos sin examen.

La responsabilidad cultural de comunicadores y diseñadores comienza precisamente aquí, en interrumpir automatismos. Hay que preguntar qué mundo simbólico se refuerza con cada decisión. Por ejemplo, una imagen institucional generada por IA puede resolver una urgencia gráfica, pero también homogeneizar rasgos, cuerpos, gestos y estilos hasta producir una visualidad sin territorio.

La cuestión de la identidad ayuda a profundizar este análisis. En los textos sobre Barth se destaca que la identidad no puede pensarse como una esencia cerrada, sino como una construcción relacional atravesada por límites, diferencias y vínculos con otros grupos. La identidad se define tanto hacia dentro como hacia fuera y supone pertenencia, reconocimiento y frontera. Desde esta perspectiva, las imágenes digitales no solo representan identidades, sino que también las estabilizan, las simplifican o las vuelven consumibles.

Por eso Magnifica Humanitas debería pensarse como una interpelación interna a las prácticas del diseño y la comunicación. León XIV (2026) sostiene que el uso de la IA no es un hecho puramente técnico cuando incide en derechos, oportunidades, reputación y libertad (n. 102). También afirma que todo artefacto técnico lleva consigo decisiones y prioridades: qué mide, qué ignora, qué optimiza y cómo clasifica personas y situaciones (n. 104). Esta observación puede trasladarse al diseño donde toda pieza visual también decide qué muestra, qué calla, qué jerarquiza y qué presupone sobre su destinatario. Y existe el peligro de acostumbre a mirar de manera empobrecida. Una cultura saturada de imágenes puede perder capacidad de contemplación. Una comunicación obsesionada con la velocidad puede perder precisión. Una institución demasiado preocupada por mostrarse activa puede olvidar que comunicar también exige escuchar. La atención, en este marco, se vuelve una virtud cultural.

La encíclica insiste en que la educación tiene un papel decisivo ante la cultura de la inmediatez y la sobreestimulación. Advirtiendo que la omnipresencia de los medios digitales alimenta cansancio, aburrimiento y apatía ante el esfuerzo de buscar la verdad (León XIV, 2026, n. 139). Más adelante, formula una idea especialmente importante, propone que educar en el uso de la IA implica educar también para decidir cuándo y para qué no utilizarla (León XIV, 2026, n. 140). Esta afirmación debería incorporarse a la formación de comunicadores, diseñadores y docentes. No quedarse como usuarios temerosos, sino sujetos capaces de criterio. Saber usar una herramienta no equivale a saber pensar con ella. Un estudiante puede generar una imagen en segundos y, sin embargo, no saber justificar su pertinencia. Puede producir un texto correcto y no comprender su estructura argumental. La formación ética es parte del proceso proyectual desde el inicio.

En una cultura de respuestas inmediatas, la lectura forma una paciencia intelectual que no puede ser reemplazada por resúmenes automáticos. No porque el resumen sea inútil, sino porque comprender no es solo recibir una síntesis. Comprender es atravesar una forma de pensamiento. La misma lógica vale para el diseño. Es comprender un problema, reconocer un contexto, identificar destinatarios, revisar supuestos, elegir signos, prever efectos y asumir consecuencias. Si la IA acelera parte del proceso, la responsabilidad humana debe volverse más fina. La velocidad técnica exige mayor lentitud crítica. Allí se juega una paradoja decisiva de nuestro tiempo.

La encíclica ofrece una expresión dura y precisa para pensar los vínculos mediados por IA “cuando la palabra es simulada, esta no construye una relación, sino una apariencia” (León XIV, 2026, n. 100). En comunicación, esta advertencia tiene consecuencias. Automatizar una respuesta puede ser útil, pero al igual que simular cercanía sin hacerse cargo de la relación puede volverse una forma de deshonestidad. Un mensaje empático escrito por una máquina puede aliviar una tarea, pero también puede vaciar la responsabilidad de quien debería responder. La cuestión no es técnica, sino relacional, quién habla, desde dónde habla y de qué se hace cargo.

En el campo de las imágenes ocurre algo semejante. Una imagen generada artificialmente puede ser funcional, bella y pertinente. Pero si reemplaza sistemáticamente el contacto con rostros, territorios, memorias y cuerpos, puede producir una estética sin responsabilidad. El diseño debería preguntarse por imágenes justas. Una imagen justa no es necesariamente una imagen perfecta. Es una imagen que reconoce la dignidad de aquello que muestra y no convierte la realidad en mero recurso visual.

La responsabilidad cultural consiste, entonces, en asumir que toda comunicación contribuye a formar sensibilidad pública. En tiempos de inteligencia artificial, esa responsabilidad se vuelve más exigente porque las herramientas amplifican tanto la creatividad como la superficialidad. Podemos producir más, pero no necesariamente comprender mejor. Podemos comunicar más rápido, pero no necesariamente decir algo más verdadero. Podemos diseñar con mayor eficiencia, pero no necesariamente cuidar mejor la experiencia humana.

Esta lectura de Magnifica Humanitas desde el diseño y la comunicación permite formular un criterio de trabajo, al no separar eficacia de dignidad. Una campaña, una interfaz, una marca, una imagen o un relato deben evaluarse no solo por su rendimiento, sino por el tipo de cultura que ayudan a construir. La pregunta no es únicamente si funciona. La pregunta es qué forma de mirar instala, qué relaciones promueve, qué verdades cuida y qué silencios produce.

La comunicación crea cultura. Por eso requiere pensamiento crítico, lectura, atención y formación ética. Tiene que verificar antes de publicar, diseñar sin humillar, simplificar sin empobrecer, persuadir sin manipular, automatizar sin desresponsabilizarse, representar sin estereotipar, innovar sin olvidar a la persona. Esa es una tarea discreta, pero decisiva. En ella se juega una parte de la humanidad que la técnica, por sí sola, no puede custodiar.

Referencias

Abramoff, E. (2001). Etnocidio. Genocidio. Identidad de los pueblos indígenas. En M. J. Garreta & C. Bellelli (Comps.), Textos de antropología y arqueología (2.ª ed., pp. 155–163). Ediciones.

Garreta, M. J. (2001). Introducción al tema de la identidad. En M. J. Garreta & C. Bellelli (Comps.), Textos de antropología y arqueología (2.ª ed., pp. 149–154). Ediciones.

León XIV. (2026). Magnifica Humanitas: Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Oficina de Prensa de la Santa Sede.

Oteli, M., & Bonaparte, P. R. (2001). El sentido común y el conocimiento antropológico: Ejercicios para empezar a pensar como un antropólogo. En M. J. Garreta & C. Bellelli (Comps.), Textos de antropología y arqueología (2.ª ed., pp. 47–58). Ediciones.

Ribeiro, G. L. (1989). Descotidianizar: Extrañamiento y conciencia práctica, un ensayo sobre la perspectiva antropológica. Cuadernos de Antropología Social, 2(1), 65–69.